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martes, 15 de noviembre de 2016

Sostenibilidad

Cuento inventado veintisiete

En un oasis, en pleno desierto, se encontraba el viejo Mohammed reclinado sobre el suelo y labrando la tierra con las manos. La escena estaba siendo contemplada por un tuareg que se había detenido con su caravana para dar de beber a sus camellos.

- “¿Qué haces, anciano, trabajando con tanto esmero a pleno sol?”, le dijo el tuareg.

- “Siembro palmeras con estos dátiles que llevo en el zurrón”, respondió el viejo.

- “¡Qué barbaridad!” Dijo el tuareg. “¿Sabes cuántos años tardan en crecer las palmeras? ¡Por lo menos medio siglo!”, añadió.

- “¿Qué quieres decir con eso?”, preguntó el anciano Mohammed.

- “Pues que es una estupidez que trabajes tanto para unas palmeras que no verás crecer. ¿O te crees que vivirás para siempre?”, dijo el hombre más joven.

- “Desde luego no voy a vivir para siempre”, zanjó el anciano. “Pero sólo sé que toda mi vida he comido los dátiles que otros plantaron antes de que yo naciera y me gustaría dejar sembrada hoy la comida de los que me sucederán mañana. Déjame terminar mi trabajo, y tus nietos seguro que lo agradecerán”.

martes, 1 de noviembre de 2016

Carrozas vacías



Cuento inventado veintisiete


El padre se llevó a su hijo pequeño de paseo por el campo. Eran tiempos antiguos. No había coches, ni bocinas ni ruidos molestos y las personas se movían con carrozas de caballos.

El padre le preguntó al pequeño: “Dime, Mateo, ¿qué oyes?”

El niño le respondió: “los pájaros, papá”.

- “Y además de los pájaros, ¿qué más oyes?”, inquirió el padre.

El niño cerró los ojos y buscó otro sonido.

- “Oigo una carroza, que viene por el camino”, dijo el niño.
- “Exacto. Una carroza vacía”, contestó el padre.

- “¿Y cómo sabes que está vacía? La oigo, pero a lo lejos. Todavía no la he visto”, preguntó niño.

Y entonces el padre le respondió algo que el joven Mateo recordaría para toda la vida:
“Cuanto más vacía va la carroza, más ruido hace”.

Hoy día Mateo es un anciano. Y sabe que cada vez que se encuentra alguien hablando más de la cuenta, interrumpiendo a los demás o hablando de forma vehemente, su padre está ahí para recordarle: “cuanto más vacía la carroza, más ruido hace…”

lunes, 19 de septiembre de 2016

Respeta y te respetarán


Cuento inventado veinticinco

Un hombre occidental acudió al cementerio a visitar la tumba de un familiar querido. Depositó ante el féretro un hermoso ramo de flores.

A su lado una mujer, de una raza y religión distintas, colocaba un tarro de miel ante la lápida de un difunto.

El hombre, con sorna, hizo el comentario siguiente:

--“¡Qué costumbre tan rara! No sabía que los muertos pudieran levantarse para saborear la miel.”

A lo que la mujer le respondió:

--“Tampoco yo he oído jamás que un muerto se levante para oler flores.”

El aprendizaje que se llevó el hombre occidental es que hay que respetar las creencias y que, en vez de juzgar primero y escuchar después, hay que escuchar primero y valorar después.

lunes, 12 de septiembre de 2016

¿Dónde están sus muebles?

Cuento inventado veinticuatro

El joven tenía muchas inquietudes. Había ahorrado, había pedido un año sabático de su trabajo y con su tiempo y su dinero había emprendido un largo viaje buscando a un sabio muy sabio para preguntarle cosas muy importantes.

Tras muchas semanas de vuelos, travesías y peligros, al fin el joven encontró al sabio en una cueva, en medio de un desierto en el otro confín del mundo.

El sabio vivía austeramente, como un ermitaño.

--“¿De verdad usted vive aquí?”, le preguntó el joven

-- “De verdad que sí”, respondió el sabio.

-- “¿Y dónde están sus muebles, y su cocina, y su biblioteca?”, preguntó el joven.

--“¿Y dónde están los suyos?”, respondió el sabio.

--“¡No los llevo encima! Yo solamente estoy de paso”, respondió el joven

--“Entonces, igual que yo”, dijo el sabio.

Y así comenzó una larga amistad.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Control social


Cuento inventado veintitrés


El experimento fue famoso, aunque al cabo de unos años nadie se acordaba de él.

La cosa fue así: unos científicos encerraron a cinco chimpancés en una jaula para observar su comportamiento. Cada mañana, a través de una trampilla en la parte superior de la jaula, descolgaban una cesta llena de frutas y esperaban la reacción de los animales.

Cuando uno de los simios subía a por la fruta, los científicos activaban un chorro de agua helada que empapaba a los cuatro que se quedaban rezagados.

Así fue día tras día.

Llegó un momento en que cuando un chimpancé iba a subir, los otros cuatro le daban una paliza y le quitaban las ganas de hacerlo.

Al fin, ninguno de los cinco simios tuvo interés en subir a por la fruta, por muy apetitosa que pareciera.

Los científicos retiraron a uno de los chimpancés y lo substituyeron por otro nuevo, que no conocía el experimento. Aquel mismo día, el nuevo vio el cesto con fruta y se lanzó a por él. Los otros cuatro le atacaron con violencia y se lo impidieron.

A la semana siguiente, los científicos cambiaron a otro de los simios y pasó exactamente lo mismo: los cuatro chimpancés le dieron una paliza y evitaron que subiera. Como detalle: el animal que había entrado la semana anterior a la jaula fue uno de los que más fuerte golpearon al nuevo.

Semana tras semana, los científicos fueron cambiando el grupo de cinco chimpancés originales por cinco nuevos. Ninguno de ellos había sido bañado por la manguera de agua helada, pero cualquiera de ellos sabía perfectamente que si trataba de subir a por el cesto de fruta recibiría una paliza de los demás.

Tratando de investigar sobre el comportamiento de los humanos, los científicos escribieron tres moralejas:
  • Los simios, como los humanos, son animales de costumbres. Llega un momento en que dejan de plantearse los porqués y que actúan porque las cosas "siempre se han hecho así", aunque sean nuevos en el lugar.
  • Si subir a por la fruta representara el éxito y recibir el baño de agua fría fuera la mediocridad, la moraleja es que los mediocres tienden a castigar a los audaces, ya sea a través de la violencia física, la envidia o la crítica.
  • En cualquier sistema social podrá haber quien quiera destacar y quien no lo quiera, pero lo que es seguro es que nunca faltará alguien poniendo cestos con fruta, disparando chorros de agua helada y sentándose a observar, divirtiéndose, mientras los demás discuten lo que está bien y lo que está mal.

martes, 30 de agosto de 2016

La forma de contar las cosas


Cuento inventado veintidós


El emperador se levantó de mal humor. Había tenido un sueño tan extraño como incómodo y pronto mandó llamar a su oráculo de cabecera.

--“En mi sueño se me caían siete dientes de la boca”, le dijo el gobernante al sabio.

--“Esto significa el presagio de muy malas noticias, mi señor”, respondió éste. “Concretamente quiere decir que van a morir tantos parientes vuestros como dientes soñasteis que se os caerían”.

El emperador se puso de muy mal humor al oír aquello.

De hecho, se enfadó tanto que mandó llamar a su guardia para que se llevaran preso al oráculo, le dieran siete latigazos y lo encerraran en la mazmorra por siete semanas.

Y a continuación, mandó llamar a otro sabio.

El segundo oráculo había conocido la reacción irada del emperador y decidió ir con mayor precaución.

--“Mi señor, vuestro presagio significa una gran noticia”, le dijo al gobernante. “Concretamente quiere decir que sobreviviréis a todos vuestros parientes y que vuestra vida será larga y próspera para el imperio que habéis construido”, completó.

--“¡Eso me gusta mucho!”, exclamó el emperador. Y a continuación mandó que le dieran al sabio un pequeño cofre con siete piedras preciosas como recompensa.

Al salir del aposento imperial, el segundo sabio le confesó a su discípulo que en el fondo ambos oráculos habían hecho la misma interpretación del sueño premonitorio del emperador: sus siete parientes iban a morir. Sin embargo, el modo de explicárselo de uno y de otro había cambiado radicalmente.

--“Decírselo de una forma o de otra puede hacerle feliz o desdichado. Toma nota de esto, discípulo, pues tendrás que aprender a aliviar males, cuando no a salvar la propia vida. Decir la verdad es como tener un diamante en la mano. Lo puedes dar suavemente y hacer feliz a alguien, o tirárselo a la cabeza y herirle”.

jueves, 25 de agosto de 2016

Naturaleza de escorpión, naturaleza de rosa


Cuento inventado veintiuno

Se dice que en cierta ocasión una mujer con muy buenas intenciones se encontraba paseando por un campo, tras un rato de lluvia. El suelo estaba algo embarrado y el camino era a veces complicado, pero la paseante disfrutaba de un agradable olor a tierra mojada.

En cierto momento se detuvo a contemplar cómo un escorpión trataba de cruzar un charco. El animal no conseguía avanzar y parecía que iba a ahogarse. Así pues, se decidió a cogerlo y a sacarlo del agua. Fue entonces cuando el escorpión la picó con fuerza. Por pura reacción al dolor, la mujer lo soltó y el animal volvió a caer en el charco, quedando nuevamente en peligro de ahogarse.

Un hombre que había contemplado la escena se acercó al paseante y con cierta arrogancia le dijo: “Es un escorpión. ¿No lo ve? Cada vez que trate de sacarlo del agua le va a picar. Está en su naturaleza”.
La mujer le respondió: “La naturaleza del escorpión es picar. Pero la mía es ayudar. Así que voy a insistir”. Entonces tomó una de las muchas hojas de árbol que había en el suelo y se valió de ella para empujar al animalito hasta dejarle fuera del charco y a salvo.

La moraleja del cuento es que no debes cambiar tu naturaleza, aunque alguien te haga daño. Si una rosa cambia su esencia, deja de ser una rosa. Y muchas personas quedarán sin poder disfrutar de su aroma. 

sábado, 25 de enero de 2014

El tiempo, piedras y belleza

Cuento inventado catorce


El maestro tenía a muchos alumnos a su cargo. Todos ellos buenos muchachos y muchachas. Jóvenes, llenos de energía e inquietos. Justo las virtudes que el maestro había perdido con los años. Pero los discípulos carecían de lo que al maestro le sobraba: sabiduría.

Les puso una prueba. Quería explicarles lo importante de aprovechar el tiempo de la vida, haciendo muchas cosas a la vez.

Ese día, en el aula, el maestro tomó un gran bote de cristal transparente y lo llenó de piedras del tamaño de puños. Les dijo: "Decidme: ¿el bote está lleno o está vacío?"

"Lleno", dijeron todos al unísono.

"Si está lleno", dijo el maestro, "es porque no cabe nada más, ¿verdad?".

"Sí", respondieron.

"Pues entonces no está lleno", dijo el sabio. Entonces tomó piedras del tamaño de gravilla y las metió dentro del bote, donde poco a poco fueron acomodándose entre las piedras del tamaño de puños.

"Y ahora, ¿está lleno?"

"Ahora sí, maestro", dijeron los discípulos.

"Pues tampoco está lleno", respondió el maestro, mientras tomaba un puñado de arena y, nuevamente, lo metía dentro del bote para rellenar los pequeños espacios que todavía se encontraban entre las piedras y la grava.

"Y ahora, ¿está lleno?"

"Ahora, seguro que sí, maestro", aseguraron los discípulos.

"¡Pues os equivocáis otra vez!", dijo el maestro, mientras vertía agua con una botella dentro del gran bote de cristal. El agua se coló por los microscópicos agujeros que quedaban entre la arena, la gravilla y la piedra.

"¿Y ahora?" preguntó.

"Ahora, maestro, parece que todo está lleno y que nada más va a caber ahí dentro", le dijo uno de los alumnos más aventajados.

El alumno le dijo: "maestro, creo que todos hemos entendido la moraleja de tu explicación: por mucho que parezca que estamos ocupados, siempre queda tiempo para algo más. Por mucho que nuestra agenda diaria parezca que va a explotar, siempre podemos dedicarnos a algo más. Porque el tiempo es algo flexible, que siempre puede dar de sí..."

El maestro respondió: "te felicito. Has entendido la moraleja de mi ejemplo. Pero permíteme que te sorprenda: el bote todavía no está lleno".

Los alumnos desconfiaron.

Y entonces, el maestro, salió al exterior. Tomó unos pétalos de rosa de un rosal cercano, y volvió al interior del aula. Puso los pétalos encima del bote. Ligeros como eran, éstos pétalos de rosas flotaban en el agua que casi rezumaba el tarro.

"¿Véis? Incluso con el bote lleno de piedras, grava, arena y agua, siempre queda espacio para un pétalo. Así que, con vuestra agenda cargada de trabajos de todo tipo, siempre os quedará algo de tiempo para contemplar la belleza".

Ese día los alumnos lo entendieron todo.


miércoles, 22 de enero de 2014

No te dejes lo importante

Cuento inventado trece


En una tierra lejana se explica, todavía hoy, la leyenda de una pobre mujer que andaba famélica con un bebé entre sus brazos. Sobrevivía cómo podía con los pocos alimentos que le daban los viajantes en los caminos y con el agua de los arroyos y riachuelos.

Una noche de cruda tormenta, decidió resguardarse en una cueva que había localizado días antes. Allí encendió un fuego, se sentó y esperó a que el temporal amainara. Mientras tanto, amamantó al pobre bebé y le dio calor.

Al rato, una voz misteriosa y rotunda se pudo escuchar desde lo más profundo de la caverna. Le dijo: "ven, entra aquí y sáciate de todo lo que quieras".

La mujer, asustada y sorprendida, preguntó al aire: "¿quién eres?".

La voz respondió: "soy el espíritu que mora en la cueva. Esta cueva ha servido de refuigio a miles de hombres y mujeres desde el principio de los tiempos. También a ladrones y personas de oscuras intenciones. Muchos han dejado sus fortunas y tesoros aquí".

Continuó la voz: "entra, toma todo cuanto quieras. Pero no te olvides de lo más importante".

La mujer, más por curiosidad que por otra cosa, decidió adentrarse en la cueva. Tomó una antorcha en una mano, y a su bebé en la otra.

La voz volvió a retumbar: "no te olvides de lo más importante".

Al rato de andar encontró, efectivamente, una cámara con muchos tesoros: oro, perlas, diamantes, cosas todas ellas de gran valor. La mujer dejó al niño y tomó todo cuanto pudo. Tuvo que emplear las faldas de su vestido para poder acarrear.

La voz le dijo: "tienes solo dos minutos para recoger lo que quieras. A partir de ese momento, las puertas de la cueva se cerrarán para siempre jamás. Y no te olvides de tomar lo más importante".

La mujer, asustada por las prisas, salió como pudo, con una mano cerrando la improvisada bolsa que había fabricado con su faldón y con la antorcha en la otra mano. Las puertas se cerraron, finalmente, tras ella.

La mujer salió rica de allí. Pero se había olvidado de recoger lo más importante: su bebé.

Las riquezas se esfumaron al poco tiempo. La desolación de la mujer duró toda la vida.

Moraleja: Las cosas materiales se esfuman. La pena por no haber dedicado tiempo a lo importante dura para siempre.

sábado, 18 de enero de 2014

¡Silencio!

Cuento inventado doce


Creo que la mitad de mis males se deben a no decir, o a no hacer, las cosas que debería de decir o de hacer, cuando es preciso. La otra mitad, la que hoy me interesa, la atribuyo a la falta de silencio en mi vida. Aquí explico un cuento al uso.

Érase una vez una persona que huía del silencio como el gato huye del perro y el ratón del gato.

Por la mañana, cuando despertaba, conectaba la radio para saber las noticias.
Luego, cuando iba al trabajo, no paraba de hablar por teléfono.
A la vuelta, enchufaba el televisor y se quedaba viéndolo hasta que quedaba dormido. Y así día tras día.

Un día esta persona se empezó a encontrar mal. No sabía cuál era la causa de su dolor y visitó a diversos médicos para que le recetaran algo que le ayudara a curarse y sentirse mejor.

No encontró remedio en medicinas o tratamientos.

Hasta que un día encontró a un sabio, tal vez la persona más sabia de todo el país. Y le dijo que lo mejor para curarse era encontrar la paz.

El hombre, un poco decepcionado, dijo que no sabía dónde encontrar la paz. Empezó por ir al mercado, a comprarla en una tienda. Pero no halló ninguna tienda especializada.


Luego, miró en Internet y en televisión, buscando cómo conseguir la paz. No tuvo éxito.

También preguntó a sus amistades, y no resolvió su problema.

Finalmente, un día cayeron casualmente en sus manos unas palabras de una persona santa, llamada Teresa, que vivió en Calcuta, y que había hecho mucho bien a miles de personas.

Esas palabras decían:  
"El fruto del silencio, es la oración. 
El fruto de la oración, es la fe. 
El fruto de la fe, es el amor. 
El fruto del amor es el servicio. 
El fruto del servicio, es la paz".

El hombre dijo "por fin alguien me dice cómo conseguir la paz".

Así que un día se decidió a probar el silencio: por una vez en su vida, se retiró de todas sus distracciones e incluso de si mismo durante un rato. No tuvo que ir muy lejos, ni vivir complicadas experiencias. Sólo tuvo que encontrar un lugar y un momento preciso.

Aquel día descubrió muchas cosas.

La primera es que el silencio es al corazón de las personas, lo que la música a los oídos y el vino al paladar: alegra, pone a tono, hace cosquillas...

Del silencio, el hombre obtuvo la ilusión, la esperanza y la comprensión. Consiguió rebajar sus malos sentimientos y su malestar. Amplió lo que le hacía sentirse común con los demás.

Mediante el silencio, el hombre se hermanó con otros seres humanos.

Finalmente, el hombre halló a la divinidad, en ese silencio. Dios le esperaba allí. Entendió, al cabo de los años que, como Dios no tiene otra forma más directa de hablar con el hombre, siempre espera a que el hombre se calle y escuche.

El hombre oyó a Dios y obtuvo grandes recompensas.

Fin.

El silencio da paz, pero la tentación de no dejar hablar a los demás es muy grande... Hay tantas cosas que reclaman nuestra atención... pero, a la vez, hay tan pocas que de verdad valen la pena...!

Del silencio, como del nadar, uno aprende tirándose de cabeza. Así que ¡¡ssssssshhhhhhhh!!, un poco de silencio nos dará paz.

miércoles, 15 de enero de 2014

El cielo y el infierno separados por bastones

Cuento inventado once.


Aunque no está inventado por mí, alguien lo inventó. Y yo me invento cómo lo cuento hoy.
Así pues, es un cuento inventado.

Érase una vez un. ser humano que quiso saber la diferencia entre el cielo y el infierno.

Lo deseó tanto que, finalmente, un ángel se decidió a bajar a la tierra y llevarle de visita a los dos lugares, empezando por el infierno.

El humano observó en el infierno una gran mesa. Llena estaba de manjares y de lujos. No faltaba de nada. Sin duda aquella mesa era capaz de alimentar a millares de almas.

Sin embargo la gente que estaba pululando el lugar, alrededor de la mesa, estaba muy delgada. Parecían todos muy hambrientos. Miserablemente hambrientos, a pesar de la cantidad de alimento disponible.

Al ser humano le sorpendió que todas esas almas en pena llevaran atadas un bastón en cada brazo, de manera que nadie podía emplear las manos y todo lo que las almas querían tomar, lo debían de tomar con los bastones. Igual que los palillos xinos, pero al por mayor.

Sorprendido por la abundancia de comidas y la pobreza de los comensales, el ser humano fue acompañado por el ángel al cielo.

Allí esperaba encontrarse algo diferente. Pero no fue así. En el cielo se encontraba la misma mesa de manjares lujosos que en el averno.

Los invitados a la mesa también tenían largos bastones atados en los brazos, que les impedían emplear las manos.

Sin embargo todos los comensales estaban bien alimentados. Tenían cara de amplia felicidad y contaban todos con un aspecto inmejorable.

Finalmente el hombre fue devuelto a la tierra.

Cuando el ángel volvía hacia el cielo, el ser humano lo interpeló: "por favor, respóndeme. Si el cielo y el infierno se parecen tanto, ¿en qué se diferencian?

El ángel respondió: "Cierto es que en ambos lugares existe la misma mesa y las personas tienen atados sus brazos a los bastones. Pero mientras que en el infierno todos pasan hambre, penurias y sufrimientos, en el cielo todo es gozo y alegría".

El ser humano dijo: "Ya me he dado cuenta de esto, pero... ¿qué explicación de fondo tiene todo esto?"

El ángel respondió: "La verdad es que en el infierno nadie es castigado. Sólo damos lujos y cosas buenas, y la gente sigue siendo libre para elegir lo que quiere...

Pero como todos son egoístas y solo quieren satisfacer sus propias necesidades, nunca piensan en los demás. Y así, todos quieren tomar su propio alimento con sus brazos y palos. Pero nunca consiguen ponérselo en la boca, porque les es imposible: los bastones se lo impiden.

En cambio, en el cielo todos tienen los mismos lujos. Pero como la gente elige ser generosa y servicial, los unos se dan de comer a los otros y nunca falta de nada a ninguno. Por eso están todos tan sanos y bien alimentados: porque unos se preocupan de servir a los demás.

¿Lo entiendes ahora, verdad?"

Desde ese instante, aquel ser humano se desvivió por los demás, en la esperanza de ser invitado a una mesa de riqueza infinita que solo tenía sentido si se compartía con los demás.

sábado, 11 de enero de 2014

Más cuestión de tiempo


Cuento inventado diez


No es un cuento. Más bien otra reflexión que se puede contar como un cuento, a propósito del tiempo y de la sabiduría.

Es así:

Se dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Se entiende comunmente que el tiempo trae la sabiduria.

Se cree que la gente se vuelve sabia con el tiempo.

Pero una vez me encontré con un sabio de verdad.

Me dijo que el tiempo, por sí solo, no trae la madurez.

"El tiempo y las cosas que nos pasan", dijo el sabio, "son los que nos vuelven más sabios".

Así que el tiempo solo no vale para nada, si no nos pasan cosas, si no vivimos la vida.

Y las cosas que nos pasan no nos sirven de nada, si no las dejamos madurar en la barrica del tiempo.

Hay gente joven muy sabia y gente vieja muy ignorante.

Hay vivencias muy intensas que no implican sabiduría y vidas muy rutinarias repletas de la erudición.

Hay que vivir la vida, y dejar pasar el tiempo, si queremos ser sabios.

miércoles, 8 de enero de 2014

Cuestión de tiempo

Cuento inventado nueve


Tic-tac, tic-tac, tic-tac... Han pasado tres segundos más. Y no los puedo guardar...

Trato de agarrarlos con las manos, así, ¿ves? Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

No puedo de ningún modo: se me van todos de las manos. Tic-tac, tic-tac, tic-tac... Se me escapan.

Ya ves. El tiempo pasa y no lo puedo recuperar.

Y la vida pasa con el tiempo. Mis días son los "tic" y mis noches son los "tac".

Con la facilidad de quien dice "te amo", me acaban de pasar otro día y otra noche, que ya no volveré a vivir.

¿Puede alguien cerrar el grifo?

¿Es que no puedo ni contemplar el tiempo que vivo y que es mío?

Un día me voy a enfadar, y ya veréis...Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¿Sabes qué? Creo que es muy mala suerte tener que gastar tiempo hagamos lo que hagamos. La gente, para cualquier cosa, NECESITAMOS tiempo.

Si pienso, el tiempo pasa.
Si olvido, el tiempo pasa.
Tic-tac, tic-tac, tic-tac...
Si hablo, trabajo o descanso, el tiempo pasa.
Y no puedo recuperar el tiempo.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¿Sabes qué mas? Me pasa por la cabeza no hacer nada.

¡CLARO!
Si haciendo cosas pasa el tiempo, no haciéndolas no debe de pasar el tiempo. ¿Verdad?

Pues eso. No voy a hacer nada...
Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¿Todavía pasa el tiempo? Y más rápido... ¡¡¡Pero si no estoy haciendo nada!!!

No puedo librarme del tiempo. Siempre pasa. A pesar de no hacer nada. 

Me puse a llorar de rabia. Y ni con esas...
Nadie me devuelve el tiempo perdido.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¡¡¿QUERÉIS HACER EL FAVOR DE PARAR EL TIEMPO?!!  

Ya está: la culpa la tiene el reloj.

¡Crunch!, ¡bang!, ¡plof! 

Me he cargado el reloj. Lo he pisado hasta romperlo y seguro que he conseguido parar el tiempo.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¿Y ahora, de dónde sale este tic-tac?

¿Sale de mi interior?

¡No puede ser! ¡Eso es un disparate!

¡¡¿ES QUE VOY A TENER QUE PISARME A MÍ MISMO?!!

Riiiing, riiing!  Riiiing, riiing! (el teléfono)

¿Quién es?

Tic-tac, tic-tac, tic-tac...

¡Ah! ¡Muy bien! Muy feliz de oirte... mmmm.... Ya veo... Bueno, pues no hay nada que agradecer. Solo fue cosa de diez minutos... 

¿Cómo? ¿Que a tí te representaron cuatro horas?

Bueno, pues, de verdad, de nada... Ya nos vemos pronto. 

Un saludo.

Era mi amigo Pablo. Dice que el otro día, cuando le llevé en mi coche al aeropuerto, le facilité mucho la tarea y que le permití ganar un tiempo muy valioso.

Pablo es médico y dice que ese día pudo atender a cinco enfermos que necesitaban su ayuda aquella tarde.

Cuatro horas, divididas entre las cinco personas sonnn... 48 minutos por persona... ¡¡CUARENTA Y OCHO MINUTOS!!

O sea, que mis DIEZ minutos de ayuda a Pablo le hicieron ganar 48 minutos a cuatro personas...

Tiiiiiiic-taaaaac, tiiiiiiic-taaaaaac, tiiiiiiiiiiiic-taaaaaaaaac...

¿Oyes? El tiempo se detiene.

El tiempo alcanza para más cosas... El tiempo se multiplica...

¿¿¿¿EL TIEMPO SE MULTIPLICA CUANDO SE LO DAS A LOS DEMÁS????


¡La respuesta es SÍ!

sábado, 4 de enero de 2014

Buscando el dinero que falta

Cuento inventado ocho


Hoy, en realidad, no voy a explicar un cuento. Más bien contaré un problema. Uno gordo. Aunque lo voy a convertir en cuento. Algunos seguro que lo conocen. Otros no. Os cuento.

Éranse una vez tres amigos que salieron a cenar una noche. Fueron a su restaurante preferido.

Terminada la cena, los amigos piden la cuenta y el camarero les dice que el ágape costó 30 euros en total. Treinta euros, treinta dólares, treinta pesos... dilo en la moneda que te parezca.

Los amigos deciden pagar a partes iguales, es decir, aportan 10 euros cada uno. Así, cada cual deja su billete de diez encima de la mesa.

El camarero recoge el dinero y se va con él a la caja del establecimiento.

Allí le entrega el dinero al propietario del restaurante, el cual le dice al camarero que los tres amigos son clientes muy antiguos y que bien vale la pena hacerles una rebaja de cinco euros.

Así que, en vez de cobrarles 30 euros, esa noche solo les va a cobrar 25 por toda la cena.

El camarero toma entonces cinco monedas de euro de la caja registradora y se dispone a devolvérselos a los tres comensales.

A medio camino, sin embargo, el camarero piensa lo siguiente: "Si en vez de cinco euros les devuelvo tan solo tres, seguro que los clientes estarán satisfechos por la rebaja, pues esperaban pagar treinta y finalmente les costará veintisiete. Por otra parte, yo me quedo los dos euros restantes, de propina, y todos contentos.

Así pues, el camarero termina por devolver un euro a cada comensal, diciéndoles que se trata de una cortesía de la casa, y ocultándoles que él mismo se quedó con una propina.

Clientes contentos, propietario contento, camarero contento.

Fin del cuento.

Si entendiste el problema planteado hasta este momento, deberías ser capaz de ver que cada cliente, que había pagado diez euros al principio, ahora sólo paga nueve, pues el camarero devolvió uno a cada comensal.

Si multiplicamos nueve euros por tres clientes, el resultado es de 27 euros. Si además sumas los dos que se quedó el camarero, sumamos 29.

¿De acuerdo?

Y ahora: ¿dónde está el euro que falta para llegar a los treinta?

Puedes estar horas y horas buscándolo. Seguro que lo encuentras pensando un rato, aunque tal vez algún profesor de Matemáticas pueda ayudarte.

La cuestión de verdad, la que realmente me preocupa es: ¿Si todas las personas necesitamos de paz y de buena convivencia, por qué el mundo no es justo con todos? 

Es decir:

Si todos tenemos el mismo derecho a vivir y a ser felices, a ser libres de la esclavitud ¿por qué hay cadenas que todavía atan a la gente?¿Por qué hay gente infeliz?

¿Por qué, en definitiva, la necesidad de felicidad de la gente es mayor que la felicidad que el mundo puede proporcionar?

Tal vez es porque demasiadas veces nos fijamos en el "euro" que falta, y no en la gente misma.

Tal vez porque en el mundo hayan muchos ladrones que, de camino, se encargan de hacer desaparecer el dinero que haría felices a las personas que realmente lo necesitan.

Tal vez porque el mundo está mal repartido.

martes, 31 de diciembre de 2013

Astronauta del "Nosotros"

Cuento inventado siete


Érase una vez un astronauta que se bajó de su cohete y se fue de ahí, dejando a todos plantados.

Cuando los periodistas le preguntaron, dijo que no quería salir a explorar el espacio exterior.

No es que le pareciera una tontería o que fuera un holgazán. Todo lo contrario, él quería descubrir nuevos mundos y era además muy trabajdor.

De hecho, dijo que quería seguir siendo astronauta explorador hasta que muriera de viejo.

"¿Para qué salir al espacio?", dijo, "si lo que a mí me gustaría sería descubrir vida inteligente aquí mismo, en el planeta Tierra".

Y lo decía así porque sospechaba que, además del planeta "Yo" y del planeta "Mí", también había un planeta llamado "Tú" y un "Él" y un "Ella".

Aseguró a la prensa que "llegar a descubrir el planeta 'Nosotros' sería la más apasionante aventura de la Humanidad".

Tras años de dedicación en ese empeño verificó que, efectivamente, existía un "Nosotros" distribuido por todos los países del mundo. Y así, descubrió millones de nuevas formas de vida y de nuevos planetas habitados.

Antes de morir de viejo, los periodistas le volvieron a preguntar si se arrepentía de haber dejado el cohete abandonado aquel día tan famoso.

"¿Por qué?", dijo. "En vez de querer ser el primero en llegar a Marte, quise ser de los primeros en llegar a los demás. Y descubrí que había vida inteligente. En abundancia".



sábado, 28 de diciembre de 2013

El hombre que dejó de ser zorro

Cuento inventado seis


Conocí a una persona que se aprovechaba de los demás, haciéndose pasar por herido, cuando estaba sano. Le dedico este cuento.


Érase una vez un bosque, lleno de árboles y de animales.

En ese bosque vivía un pequeño cachorro de zorro, de no más de tres meses de edad, que salió de su madriguera persiguiendo el sonido de un pájaro y se perdió.

Deambuló un buen rato, buscando el camino de su hogar y el cariño de su mamá. Pero cayó en una trampa terrible, preparada por el hombre para cazar lobos, leones y otras fieras.

El zorrillo se liberó del cepo, pero perdió una piernecita y quedó incapacitado para salir a cazar y alimentarse, como hacen los zorros que viven en el bosque, para crecer y hacerse fuertes.

Tras aquel episodio, el pequeño animalito sólo podía quedarse en el suelo, viendo de lejos cómo sus hermanos salían a cazar conejos, ratones y lagartijas.

La vida del zorrillo hubiera corrido peligro de no ser porque cada día, por la mañana, una leona fuerte y orgullosa, pero también misericordiosa, le llevaba unos trocitos de carne de su propia caza. Se los ponía en el hocico y luego se iba.

De este modo el zorrillo subsistía a la sombra de la leona.

Un cazador que moraba en el bosque observó ese proceso tan insólito durante años. Pensó: "qué cómoda y fácil es la vida de este zorro. Cada día la leona le da de comer y no le falta de nada, a pesar de no trabajar para ganárselo... ¿sabes qué? Yo también quiero ser como el zorro", dijo.

Así que el hombre, que era holgazán y muy estúpido, se estiró en el suelo y se quedó quieto esperando a que alguien le llevara la comida.

Tras cuatro días de inactividad, yacente en el suelo, el hombre se encontraba famélico y veía, para su desesperación, que nadie aparecía para traerle la comida.

Finalmente apareció un ángel que, casualmente, pasaba volando ese día por el bosque. Se le acercó y le dijo: "¿Qué haces tirado en el suelo?"

La respuesta del cazador fue: "Yo estoy aquí, esperando que alguien me alimente, como la leona lo hace con el pequeño zorro".

El ángel le contestó: "¿Sabes? Dios no te creó para ser un zorro, sino un león. ¡Anda y levántate, gandúl! Búscate tu alimento y lleva también comida a los animales enfermos que lo necesitan y que esperan recibirlo de ti". Y se fue volando.

A partir de aquel día ningún otro zorrillo herido, ni ningún otro animal, pasaron hambre en aquel bosque.

Y todo porque el hombre dejó de ser zorro.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

El Belén y el extintor

Cuento inventado cinco


Un cuento ligeramente navideño. Recuerdo como si fuera ayer el día en que la maestra nos llevó de excursión a visitar un museo lleno de cuadros. 


Érase una vez unos niños que iban a la escuela. Un día, la maestra les propuso ir de excursión a un museo de un famoso pintor. Emocionados, los niños respondieron que irían encantados. Pero no sabían lo que era un museo.

Al llegar al recinto, se encontraron con una señal que pedía silencio y orden a todos los visitantes. Así pues, la maestra les dijo a todos que se comportaran adecuadamente, como adultos.

Tras del grupo de niños venía un contingente de turistas, venidos de tierras lejanas. Silenciosos y atentos, iban paseando tranquilamente por todas las salas del museo, observando todo y disfrutando de cada cuadro como la obra de arte única que era.

Los turistas tenían que avanzar lentamente por las salas, a causa de la lentitud de algunos niños, que se iban rezagando mientras atendían a las explicaciones de la maestra. Aguantaron estoicamente, entendiendo que se trataba de niños y que debían dejar que aprendieran sobre aquellas maravillas de cuadros.

Dentro de la clase habían algunos niños muy revoltosos a los que las explicaciones de la maestra aburrían mucho. Decidieron hacer travesuras. Pero como la maestra y el vigilante del museo les reñían si hablaban o reían más fuerte de lo usual, prefirieron preparar sus bromas en voz baja.

"Mira", susurró uno de los niños revoltosos a otro, "allí hay un extintor, colgado de una pared. ¿Qué te parece si nos qedamos quietos delante de él y hacemos como si lo observáramos con gran atención?"

Dicho y hecho, media docena de niños se quedaron mirando al extintor de cerca y asintiendo con la cabeza como si, en verdad, se tratara de una obra de arte.

Cuando los turistas les alcanzaron, los niños salieron corriendo y se escondieron tras una esquina para contemplar la escena.

Realmente fue muy gracioso, pues muchos de los turistas se quedaron contemplando el extintor, tratando de identificar qué había atraído la atención de los pequeños durante tanto rato. Primero llegaron dos, luego otros dos, luego cuatro y así, hasta una docena de turistas se pusieron a mirar el extintor del derecho y del revés, como si se tratara de una pieza de arte del museo.

Los niños revoltosos rieron abundantemente durante el resto de la visita, porque habían conseguido engañar a los turistas y hacerles creer que una cosa sin importancia tenía un gran interés. No prestaron atención a nada más que a sus risas y a su travesura.

Uno de esos niños era yo.

Años después me di cuenta de lo que me perdí al no prestar la atención debida a los cuadros de aquel artista genial, que tenía por nombre Pablo Picasso. Nunca más tuve la ocasión de ver esos cuadros que me perdí.

Seguro que, sin embargo, aquellos turistas habrán visto montones de otros extintores a lo largo de sus vidas.

En estos días tan señalados para una buena parte de la humanidad, es posible que alguno de los lectores haya montado un Belén en casa, o un arbol de Navidad, o que haya recibido postales de felicitación y buenos deseos. 

Me he acordado del cuento de los niños en el museo porque, hasta ahora, he observado los adornos navideños, las buenas intenciones y deseos y el Belén como si fueran extintores, en vez de "Picassos".

Creo que trataré de observar con detalle todos esos signos de la Navidad como si fueran "Picassos", en vez de extintores.

Si le presto atención a las cosas, sin duda encontraré cosas cautivadoras. 

Valdrá la pena intentarlo. 

Feliz Navidad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

El crack del balón - ¿Quién vivirá su vida mejor que uno mismo?

Cuento inventado cuatro


Recuerdo aquel equipo de fútbol que ganó la competición hace unos años. Eran muy buenos. Recuerdo especialmente a un jugador sensacional, como he visto pocos. Y a su alrededor estaban otros jugadores, que no salían tantas veces en televisión ni en los periódicos. Pero, en cambio, se esforzaban mucho en su trabajo.

Y fue gracias a la concentración del guardameta, que detuvo aquel lanzamiento tan importante del rival, y a la atención de los defensas, que evitaron el peligro, y al olfato de gol de los delanteros y a la pericia de los lanzadores de faltas como, juntamente con el crack del balón, el equipo salió vencedor.

El día que la estrella se lesionó, el equipo siguió ganando partidos, aunque no podía contar con la habilidad del temible jugador. Uno solo no es nada. El grupo lo es todo.

Érase una vez un niño que vivía apasionado por el famoso crack del balón. Coleccionaba fotografías, cromos y recortes de periódico de la estrella y, por las noches, soñaba con él. 

Un día el niño llegó a su casa llorando desconsolado. Se había peleado con otros niños en el recreo, porque todos querían ser el crack del balón en el patio. Tras la pelea, otro niño más fuerte se había quedado con el derecho a ser llamado crack del balón. Y el pobre niño llegó a su casa humillado y deprimido.

Su papá, que era mayor que él y había visto jugar mucho al fútbol, le preguntó: "dime, hijo, ¿qué jugador es tu preferido?". Y el niño respondió: "mi preferido es el crack del balón, papá".

"Y dime, hijo, ¿cómo de bueno es el crack del balón?", preguntó el padre.

"Es el mejor del mundo, papá. Es el mejor del mundo, pues nadie sabe jugar tanto como él".

"Y si el crack del balón jugara él sólo contra un equipo de cinco jugadores, ¿quién ganaría?"

"Sin duda el crack del balón podría con los cinco, papá".

"Y si el crack del balón jugara él sólo contra un equipo de once jugadores, ¿quién ganaría?".

"Bueno", el niño dudó antes de responder, "sin duda el crack del balón es muy bueno, pero tal vez no podría con los once".

"¡Bien!", dijo el padre. "Verás hijo: la gente le da demasiada importancia a un solo jugador o a una sola pieza del juego. Y todo porque la gente quiere ser protagonista. Pero si no fuera por el resto del equipo, no habría posibilidad de éxito. Primera lección: jugar en equipo es siempre mejor que jugar solo".

El niño escuchaba atentamente.

"También te encontrarás con muchas personas en el mundo que no son conscientes de la importancia que tienen ellas mismas. Hay personas, muchas por desgracia, que no saben que juegan un papel único e irrepetible en la vida. Y no se dan la importancia que merecen. Eso es un error, porque nadie es sustituible y todo lo que tenemos por hacer, o lo hacemos nosotros o queda por hacer... ¿Quién vivirá su vida mejor que uno mismo, por ejemplo?"

"Así pues", siguió el padre, "si nadie puede vivir tu vida mejor que tú mismo y vives tu vida con mayor alegría que nadie, por fuerza tú debes de ser un crack en tu propia vida. Segunda lección: debes descubrir qué cosas hay en tu vida y cómo valorarlas, si quieres ser un crack de verdad".

"Sí, papá. Tienes razón".

"Y todavía un tercer aprendizaje. Seguir los dos consejos anteriores a la vez puede hacerte ganar todas las competiciones. A tí, y a unos cuantos más. Si pones tu talento al servicio del colectivo, vamos a ganar todos, ¿no crees?".

Ese día el niño dejó de admirar solamente al crack del balón y pasó a admirar al equipo entero.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Las dos herramientas

Cuento inventado tres


Tuve hace años un jefe que opinaba que su imagen era lo primero y lo principal. Que daba igual cómo tratar a los clientes y a los empleados si conseguía sus objetivos de reconocimiento y fama. La vida le dió una lección enorme. Y a mí también.

Lo cual me hizo pensar en un cuento de herramientas que eran propiedad de un dueño. Eran muy diferentes a la hora de entender lo que hacían y para qué.


Érase una vez dos herramientas que vivían en el taller de un carpintero.

La una era imponente: había resultado carísima, tanto en su fabricación como a la hora de comprarla. Su propietario había pagado una fortuna por ella y, en teoría, era la más perfecta de todas las herramientas a disposición de su dueño.

Esta herramienta debía servír para muchos propósitos. Era muy, muy, versátil. Estaba llena de lucecitas, indicadores y componentes de alta tecnología. Estaba pintada, además, con una delicada capa de alpaca brillante que le confería un tono de superioridad respecto a otras herramientas.

Pero su función concreta estaba poco clara.

El carpintero la adquirió a un precio, como decíamos, muy alto. Y tuvo grandes esperanzas depositadas en ella. Creyó que podría utilizarse para muchas cosas y, poder, podía. Pero a la hora de la verdad, la herramienta nunca estaba dispuesta a trabajar: siempre tenía algún desajuste, o estaba desafinada. No era, para nada, el mecanismo de precisión que todos esperaban.

Sin embargo, la herramienta se vanagloriaba de su perfección técnica y daba por descontado que había muy pocas tareas que fueran dignas de su esfuerzo.

"¡Soy perfecta!", decía. "¡Estoy preparada para cualquier labor y la puedo hacer con la máxima eficacia y economía!".

La herramienta estaba orgulosa de todo lo que, en teoría, podía hacer. Y era tan vanidosa que a la hora de la verdad resultaba muy compleja de emplear y el dueño, a la larga, dejó de utilizarla.

Encegada por su propia vanidad, la herramienta decía de si misma: "soy tan perfecta que mi amo no me hace trabajar porque no encuentra una tarea digna de mí". Y con ello se conformaba a quedarse guardada en el taller, colgada, inútil, pero, eso sí, "dentro del taller de un ilustre dueño", un carpintero que convertía pedazos inertes de madera en piezas de arte únicas e irrepetibles.

Por otro lado, existía en el taller un viejo cepillo para la madera. Desgastado, oxidado, tosco y sencillo... fabricado en otros tiempos.

Poco vistoso y rudimentario, rara vez el cepillo abría la boca. Era, en verdad, un cepillo muy humilde.

El carpintero, sin embargo, lo utilizaba siempre. Al amo le venía muy bien esa capacidad de sacrificio silente del cepillo: nunca se quejaba de lo que le hacían y siempre se podía contar con él para modelar las obras de arte únicas e irrepetibles del artista.

Los años de buen trabajo se veían reflejados en la maltratada superficie del cepillo.

"¡Tú no sabes hacer tantas tareas como yo!", le espetaba, ufana, la herramienta moderna al cepillo. Y era cierto que el cepillo tan solo cepillaba. Pero lo hacía a las mil maravillas.

Un día ambas herramientas tuvieron que competir. El carpintero las puso a prueba. Al final del día, el cepillo hizo un papel sublime, que dejó en mediocre el resultado de la herramienta más moderna.

"¿Cómo es posible, si soy mejor, más moderna y estoy más preparada que tú?", decía la herramienta derrotada.

Después de muchos años en silencio y humildad, el cepillo pronunció, por fin, unas palabras. Dijo:

"Da igual qué herramienta sea mejor de las dos. Lo importante aquí es el trabajo del carpintero, que es creativo, y modelador de las formas. Las herramientas nada hacemos. Es el dueño, quien lo hace todo. Si una herramienta está poco ajustada y falla permanentemente, el dueño tomará otra, tal vez no tan bonita, pero a fe mía que la hará trabajar igual de bien".

Y añadió: "Puedes estar tan bien fabricada, formada y preparada como quieras, que si no estás predispuesta a trabajar, no conseguirás nada. De ahí que un simple cepillo te haya vencido hoy".

A partir de ese momento, la herramienta moderna, que se había visto vanidosamente capaz de cumplir cualquier tarea, decidió centrarse en una sola tarea, no importaba cuál, y en hacerla tan bien como pudiera, ofreciéndole al artista una gran resolución y seguridad.

El dueño pudo hacer con ella una gran tarea con aquella herramienta que, finalmente, terminó sirviendo como lima, ahora sí, con gran humildad.


Moraleja: Al final del día importa lo que hacemos, y no el modo como lo explicamos.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Reflexión inventada y triste

Cuento inventado dos


A veces me siento triste y perdido 

Me compadezco de mí mismo y me entran ganas de llorar por todas mis desgracias.

Pero cuando alzo la vista y veo el mundo

veo que mis desgracias son minúsculas.

Entonces me entran ganas de llorar porque soy un desgraciado.

Tan desgraciado que me atrevo a desear llorar

por todas mis minúsculas desgracias.


Otro día escribiré una reflexión inventada pero feliz.